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MILLION DOLLAR BABY

(o como le pusieron acá: "Golpes del Destino")
Director: Clint Eastwood
Año: 2004 / 2005 (Estreno en México)
Que “el boxeo está de moda”. En un principio, al escuchar esa afirmación, sentí cierto y natural rechazo. Nunca he sido fan de los deportes. Pero si existe uno que bien podría asegurar que jamás me produciría ningún tipo de placer o entretenimiento, ése es el box. Y no solo por ser el que mas me remite al coliseo romano, y a la odiosa (pero tristemente válida) frase “al pueblo, pan y circo”. Así, sin ningún bagaje emocional e histórico de por medio, el ver a dos sujetos de cualquier género “partirse la mandarina en gajos” (como diría mi hermano) me parece totalmente aburrido, y hasta cierto punto, patético. Bueno, puede que sea yo un tipo extraño. Pero mi disociación del espíritu deportivo parece ser consecuencia de mi carencia de otro espíritu: el competitivo. Nunca me ha interesado ganarle a nadie en nada. Amí solo me importa salirme con la mía, y en ese proceso suele haber muchos delante de mi, y otros tantos muy atrás. Y que lo diga no significa que realmente me importe. Creo que ese es el estado normal de las cosas.
Uno de los pocos géneros cinematográficos poco valorados y al que yo, por obvias razones, también le suelo huir, es al cine de temas deportivos. Justo así como mi dedo toca el skip del control remoto cuando en mis (malos) viajes por la televisión me topo con el canal ESPN, así de rápido es como regularmente mi mente decide no ver una película de deportes si ésta se encuentra en cartelera. Lo siento. Soy “el Grinch” de los deportes (y ahora que lo pienso, de algunas otras cosas). Con todos estos antecedentes, una frase como “creo que Million Dollar Baby es la mejor película que he visto en lo que va del año”, viniendo de mi, sería difícil de creer. Casi una broma. Pero no lo es. Y permítanme reiterarlo, con otras palabras: creo que el filme es una joya. Y que alguien como yo lo diga creo que lo dota de un pequeño mérito mas.
Para quienes amamos el cine, la sensación que produce experimentar una obra lograda, con clase, en la que cada elemento juega un papel importante y se encuentra en su lugar, es casi, casi como llegar al cielo. Y, por mucho que me pudiera doler aceptarlo, creo que las sensaciones que esta película me produce, encuentran en el box su mejor traducción al mundo cinematográfico. Solo a un genio se le pudo ocurrir usar al boxeo para analizar temas mucho mas profundos, que poco o nada tienen que ver con esos millones de dólares que ganan sus practicantes y a los que, con una carga de ironía, se refiere el título original de la cinta.
La trama se centra principalmente en 3 personajes. Maggie (Hillary Swank), la aprendiz de boxeador, mesera desde su adolescencia y que a sus treinta y tantos años busca una oportunidad en el boxeo. Se sabe capaz de recibir golpes. Lo ha hecho toda su vida. También sabe que su pequeño sueño es “poco realista”, pero no le queda otra opción mas que aferrarse fuertemente a el. Los resultados de tantos años de sueños arrojados por la borda hoy ya no le bastan para conformarse con lo que pinta como porvenir. Su desesperación por hacer “algo” de su vida, y su perseverancia, son mayores que su razón. Por su parte, Frankie (Clint Eastwood), dueño del gimnasio de boxeo al que Maggie recurrirá buscando instrucción, carga mas que nunca sobre su espalda, durante su vejez, todos sus pecados no resueltos en el pasado. Una hija de la que no obtiene un perdón. Y una conciencia que tampoco se perdona por su cuenta la culpa por situaciones como el ojo ciego de Scrap (Morgan Freeman), su mejor y único amigo, y eterno protegido, que hoy funge como intendente y velador de su gimnasio. Frankie vive días que se alargan y pesan aún mas a causa de sus conflictos de fé. Sus domingos se determinan por visitas a la iglesia en las que no puede mas que encontrar agujeros en las explicaciones bíblicas. La fé ciega ya no funciona. La soledad es la realidad más tangible en la que viven estos tres personajes, que, aunque no lo sepan, formarán poco a poco parte de una peculiar familia, que, de manera también imprevista, se enfrentará al mismo dolor del que sus integrantes siempre han sido presas. Del dolor que coexiste con el sentido de la vida de todo ser humano.
Suena simple. Y lo es, en la superficie. Pero contada a la manera de Eastwood, apelando a los principios más básicos del cine, la cinta adquiere, por curioso y contradictorio que esto suene, una dimensión mucho mayor que el total de la suma de sus partes. No solo la dirección, guión y actuaciones se encuentran en estado de gracia. Los demás elementos de la cinta son igualmente eficaces a la hora de complementar lo que se cuenta e involucrarnos en ello. La música, también de Eastwood, con su elocuente minimalismo, nos coloca en ese mood melancólico que nos acerca aún más al vivir los protagonistas. La fotografía, en una extraño matrimonio entre naturalismo y preciosismo, nos lleva de la mano por esos rincones de los hogares y las almas de esos personajes, en donde dominan las sombras que juegan a veces convirtiéndose en rostros claroscuros de solemne tristeza.
Uno de los mayores aciertos de la película es la manera en la que la narración logra hacernos empatizar con los personajes. Con una intensidad que no se experimenta con frecuencia, los espectadores vivimos en carne propia hasta los padecimientos mas pequeños que sufren los personajes. Por ejemplo, aquel momento en el que Frankie trata de persuadir a Maggie de que abandone sus ambiciones de sobresalir en el box, argumentando una falta de talento cuya percepción se liga mas bien a su negativa de entrenar mujeres, podemos sentir ese pequeño temblor en la esperanza de la mujer, un estremecimiento minúsculo pero doloroso, que se refleja en esa mueca interrumpida de desilusión que el rostro de Hillary Swank emite y se traduce como congoja en nuestros sentidos. Momentos como este hay muchos a lo largo de la cinta, algunos de una intensidad mucho mayor, y de una fuerza devastadora. Hay también, sin embargo, momentos íntimos y bellos, esos instantes en los que los personajes crean vínculos, y se desnudan emocionalmente, y sin querer, a través de unos diálogos tan expresivos como naturales y unas actuaciones desprovistas de artilugios.
Es esa coexistencia entre la oscuridad y la luz, expresada también de manera visual en la dirección de fotografía, la que mejor define a la cinta en su totalidad. La sorpresiva aspereza que alcanza la historia en su última fase, justo cuando como espectadores pensábamos saber hacia donde se movería la trama, no es mas que la abierta expresión de el contenido propio de la obra. “Million Dollar Baby” no es una cinta que habla sobre los triunfos, o sobre ganar el campeonato mundial. Ni sobre vencer las adversidades. Habla sobre la vida en su condición de eterno combate. De la capacidad humana de recibir y aceptar el sufrimiento, así como también de provocarlo. De la necesidad de darle un sentido propio a nuestra existencia, que se coloca por encima de nuestro afán por encontrar un final digno e idílico. Nos dice que los instantes de convicción en nuestra lucha pesan más que la dureza con la que el destino se vuelque sobre nosotros.
El cine me ha sorprendido una vez más. Cuando entré a ver, con ojos escépticos, esa pequeña película sobre una boxeadora, no me imaginé que al apagarse las luces de la sala habría de encontrarme con todas esas reflexiones, que fluyeron, dicho sea de paso, con la misma intensidad que esas lágrimas que se me escaparon durante la proyección. No es que haya reiterado al box como deporte. Pero ahora sé que se puede usar como hilo conductor a manera de figura cinematográfica para ilustrar temas universales y humanos. Ahora sé que se puede hablar de los dolores de la vida a través de los golpes, duros y bidireccionales, que propicia un hinchado guante rojo, a veces a manos de Maggie, la protagonista, y a veces en las del oponente. Que ese “always protect myself”, principio del boxeo, debería ser también un principio humano cuya ignorancia lleva al individuo a la perdición. Que los arrepentimientos se hacen tangibles en ese ojo opaco, muerto, que carga Scrap, el personaje de Morgan Freeman, en una de sus orbitas, como consecuencia de una brutal paliza, la última, recibida en sus años de gloria como boxeador. Que no se puede hablar de vida sin sangre o sudor. Ni de la soledad sin cartas escritas y devueltas sin abrir. Nunca se me hubiera ocurrido, pero afortunadamente y para nuestras delicias, Paul Haggis, guionista, así lo pensó. Y Clint Eastwood tuvo a bien mirar con ojos receptivos ese soberbio guión, y traducirlo al celuloide, con suma maestría, por medio de indelebles imágenes y sonidos.
En pocas palabras: Una joya. Directo a la colección. No hay más...
¿Te lo explico con estrellitas?:


1 Comments:
Si, gran gran película :D
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