estreno
CHARLIE Y LA FÁBRICA DE CHOCOLATE

(O como se llama de verdad: "Charlie and the Chocolate Factory")
Director: Tim Burton
Año: 2005
Cada vez que Tim Burton saca a la luz un nuevo proyecto existe mucha anticipación en el medio. Los cinéfilos del mundo se agitan. Sin hacer mucho mas que tener un estilo muy personal (como si eso fuera poco) y sacarle el mayor provecho, Burton se ha convertido en el consentido de muchos, incluyéndome. Su voz habla, de maneras extrañas (tan extrañas y retorcidas como muchos juran que son los caminos de Dios) de aquellos seres que por alguna razón, y aunque suene a cliché, simplemente “no encajan”. Le ha dedicado su carrera, o la mayor parte de ella, a retratar de distintas maneras a encantadores outsiders, que le deben el encanto precisamente a esa calidad de incomprendidos y relegados, y a lo mucho que dicen de esa sociedad de la que se han retraído. Y no podemos olvidarnos de su entorno. Sus ambientes son tan detallados y sublimes, que en pantalla siempre lucen como una materialización de los paisajes internos de sus protagonistas (decorados, si cabe llamárseles de tal manera, que contribuyen, a veces más que los diálogos, en la comprensión de las idiosincrasias y manerismos de los mismos). De ésta convulsión previa a sus estrenos, “Charlie y la Fábrica de Chocolate” no ha estado exenta. Amén de la campaña publicitaria que la ha acompañado (la mas grande, quizás, para cualquier film de Burton), el puro nombre del autor ha logrado que en círculos en los que no se acudiría a ver una película cuya promoción en México incluye concursos para ganar viajes y juegos de video se escuche la siguiente frase: “Vamos a ver la de Charlie” (¿o se imaginan semejante campaña para un título como, digamos, “Ed Wood”?).
Y así fué. Viernes, día de estreno. Sala VIP, porque era la única en la que se podía ver con subtítulos (en todas las demás estaba doblada). Pero hoy, aunque muy pocos nos sintiéramos VIP, y todavía menos tuviéramos la capacidad económica para clamar serlo, creo que hubo pocos (o nulos) remordimientos monetarios. Veinte pesos más no son mucho cuando se trata de ver la nueva de Tim Burton en su idioma original y sin la voz de, ¿qué se yo?, ¿tal vez “McGyver”?. Y es que a pesar de que si pude vislumbrar uno que otro sujeto visiblemente pudiente (segmento de mercado al que se dirige dicho concepto, sin duda), creo que la sala estaba poblada, en su mayoría, por fans del cineasta. Eso lo pude corroborar con los murmullos y pequeñas expresiones de emoción (incluso creo que hubo algunos aplausos) durante la proyección del nuevo trailer de “Corpse Bride” (delicioso adictivo, ya quiero que sea Octubre), que muy acertadamente antecedió a la cinta Y volviendo a mis indagaciones demográficas en la sala, solo ví a dos niños pequeños dentro. No pude evitar notarlos, tengo que confesarlo, con cierto disgusto (y no porque me desagraden los niños, sino porque por lo regular representan una amenaza para la mayoría de los cinéfilos). Pero bueno, olvidaba que “esta es una película para niños”. Pero además de ellos, todos los demás, habíamos pasado (muy lejos estábamos en algunos casos) de la pubertad, y otros cuantos más ya se encontraban rozando las “pausias”. La mayoría eramos jóvenes. Pero sí, todos teníamos algo en común. Fuimos a ver “la de Charlie”.
Hay varios elementos que delatan la identidad del autor, desde los primeros segundos de película transcurridos. La música de Danny Elfman, que se escucha desde que aparece el logotipo de la compañía productora, con el que el director juega otra vez (ahh, realmente me gusta que haga eso), prolongándose algunos minutos más, durante unos créditos iniciales, como siempre estupendamente diseñados y sonorizados (aunque los CGI por alguna razón no considero que ayuden del todo al cine de Burton), que parecen por sí mismos un número musical danzado por esas manos robóticas hacedoras de chocolate. Elfman está al tope, una vez mas. Hacía rato que no le escuchaba algo tan suyo, tan Elfmaniano, tan característico e identificable, pero a la vez sorprendente (aunque su música, y sobre todo la que escribe para las obras de Burton, siempre ha sido maravillosa). En breve, comienza la historia, con la voz de un narrador, que le da el tono de cuento al relato, desde el principio, mismo que se confirma con cada segundo de cinta que pasa. Estámos ante un cuento. Pero éste no es un cuento cualquiera. Es uno de Roald Dahl, y contado por Tim Burton.
La trama es simple. De hecho no hay tanta trama como hay situaciones. Pero la que hay, va como sigue: Willy Wonka es el enigmático dueño de una fábrica de dulces, la más grande que existe, a la que desde hace años no ha entrado nadie. Un día, Wonka decide colocar 5 boletos dorados en algunas de las barras de chocolate que se distribuirán en todo el mundo. Los niños que descubran esos boletos serán invitados, cada uno con un acompañante, a dar un recorrido por su espectacular empresa. Sólo uno de ellos resultará ganador de un premio final. Poco a poco, los ganadores van surgiendo de diversas partes del globo (o bueno, ahora que lo pienso, de las partes anglosajonas del globo, mas una que se cuela, para efectos de diversidad en el grupo). Entre esos niños se encuentra Charlie Bucket, un chico de escasos recursos, quien justo un día antes de que el gran evento tenga lugar descubre, por ninguna otra cosa sino suerte, el boleto que lo llevará a hacer realidad su más grande sueño y mayor obsesión hasta el momento: conocer la fábrica de Chocolates Wonka.
Una vez dentro de la fábrica, lo que sigue es simple y sencillamente la puesta en práctica de dos cosas: el discurso de Dahl y los recursos de Burton. Y no nos quejamos. Al contrario. Que ahora Burton sintió, quizás, la libertad de ser todo lo quirky que quiso, puede ser verdad. El material daba para eso. Vaya, se dio el lujo hasta de armar un bizarro número musical por cada personaje “expulsado” del juego. Interpretación y coreografía cortesía de sus “Oompa-Loompas” (aunque en realidad, el mérito es, una vez mas, para Elfman, quien no solo escribió las canciones sino que las interpreta, y para Dahl, cuyos versos se extrajeron directamente del libro, conformando con estos las letras de las canciones). Y respecto a Burton, se le agradece enriquecer al texto con sus costumbres sádicas, que no hacen excepción siquiera con los pequeños. Por momentos, llegué a preguntarme si lo que les pasaba a dichos personajes sería tan divertido para esos dos niños que estaban en la sala como lo era para mi. Y quién sabe. A veces pensé que la mano de Burton era demasiado dura como para un filme de niños. Y muchos pensaron lo mismo de Dahl, sobre sus libros. Pero “Charlie y la Fábrica de Chocolate” tenía que ser un poco dura (y por momentos hasta desconcertante). Se habla aquí de todas las maneras en las que se puede a echar a perder a un niño. Y esos niños echados a perder que retrata, resultan todo un deleite de atestiguar, sobre todo, porque nos recuerdan a tantos adultos echados a perder que nos rodean. Y sí, creo que las personas con mayores “cualidades” negativas que conozco, tienen un historial familiar (o por lo menos patriarcal) de miedo. En esta última sentencia recae el peso de la cinta.
La subversión de Dahl, a la que Burton le hace una mancuerna inmejorable (alguna vez lo hizo también Danny DeVito con la estupenda “Matilda”), es memorable. Que Violet, una de las participantes, sea (dicho por sus labios y los de su madre) una “ganadora”, con mas de doscientos trofeos adornando las paredes de su casa, entre los que se incluye el de “mejor masticadora de chicle del mundo” dice mucho, muchísimo, sobre una sociedad obsesionada, y acomplejada, por las competencias (vuelvo aquí a hacen énfasis en mi falta de sentido competitivo, pero ¿tiene algún sentido ambicionar a tener el record mundial de “mejor masticadora de chicle”? ¿O “mujer con los pechos mas gigantescos”? ¿O “hombre con el pene mas grande”? ¿O “el mejor” cualquier cosa?). Que Mike Teavee, el niño obsesionado con la televisión y los videojuegos, el de el mayor coeficiente intelectual de los 5 invitados, piense, con mucha razón (razón pragmática, más que razón ideológica), que los dulces no tienen sentido, y que por lo tanto no los consuma ni les encuentre ningún gusto, dice también mucho de una generación que ante su enormidad de posibilidades, y capacidades, ha perdido la capacidad de asombro, ha renunciado a su posibilidad de soñar. Los casos de Veruca y Augustus (la niña rica y el niño obeso) son mas parecidos entre si, y delatan la voracidad a la que algunos padres acostumbran a sus hijos, un deseo que se coloca por encima de la razón y la sensibilidad. Estas cuatro manzanas podridas son, en su calidad de arquetípicos personajes de cuento, el reflejo de algunas de las mayores fuerzas degradantes de la humanidad. Son personajes megalómanos y extremadamente hedonistas, y a pesar de estar perfilados de una manera quizás demasiado elemental, logran transmitir y hacernos “descifrar” su mensaje.
Willy Wonka, por su parte, carga sus propias cadenas. Si cada vez que pretende mencionar la palabra “padre” lo único que sale de su boca son gemidos vomitivos, es porque la relación con su progenitor había dejado en el sus cicatrices. Es una ironía (o tal vez no tanto) que el dueño y creador de la fábrica de dulces mas grande del mundo fuera hijo de un dentista de convicción exacerbada. Que su padre le haya negado, durante su niñez, con tanto fervor y dureza el mayor placer para un pequeño, que por antonomasia son los dulces (si mal no recuerdo), ¿no tuvo algo que ver con la elección de su destino? ¿No podríamos decir, mas bién, que la provocó? ¿No es este el extremo opuesto al de los padres de aquellas cuatro manzanas podridas, quienes pecaron en su condescendencia? ¿Es la severidad despiadada, entonces, también un pecado que algunos padres cometen hacia sus hijos?
Charlie, por otro lado, se presenta como el caso opuesto a sus compañeros de viaje. Sus carencias económicas no dan lugar al cumplimiento de caprichos, sin embargo, su familia compensa todo aquello que le falta con afecto real. Su situación familiar, precaria en lo económico pero abundante en todo lo demás, provoca en Charlie el goce de un genuino sentido de confianza en que sus sueños y anhelos pueden volverse realidad. Charlie es el niño que por su difícil situación pero intachable crianza tiene la extraña y contradictoria capacidad de tener los pies bien puestos sobre la tierra, siendo a la vez un soñador. Es un personaje “modelo”, que no pretende ser real, sino que simboliza los valores que Dahl, y posiblemente Burton, promueven para la educación infantil: abundancia en amor y apoyo, mesura en el cumplimiento de deseos materiales, y la enseñanza de un sentido de realidad que no esté peleado con la inocencia que caracteriza la niñez.
Cierto es que el “significado” de la obra de Dahl es el centro de la historia, y de la cinta. Pero Burton sabe como rodear éste corazón con situaciones divertidas y bizarramente hilarantes. Haciendo honor a la verdad, creo que “Charlie y la Fábrica de Chocolate” es una de las películas más graciosas que he visto en lo que va del año. Muchas de las puntadas de la cinta, si no es que todas, están embebidas en ese retorcido sentido del humor de Burton, inteligente y por momentos ridículo, pero por lo regular incisivo. No imagino a alguien más realizando este trabajo. Todos sabemos que cuando alguien quiere “hacer de Burton” las cosas pueden salir muy mal (solo hay que recordar lo que hizo Ron Howard con “El Grinch”). Pero afortunadamente, éste no es el caso. Burton es el mismo y se encuentra en plena forma. La propia elección de casting así lo denota. La mancuerna Depp-Burton nos trae, de nueva cuenta, un personaje memorable, inusual, a veces desconcertante, pero siempre adorable. Pero el mérito no es todo para Depp. Los actores secundarios, aunque no haya mucho espacio para su lucimiento, brindan un soporte muy valioso a los protagonistas (los padres de los niños, en especial y por su eficiente desempeño, facilitan al público comprender el porqué de las personalidades de los pequeños).
Sin embargo, y a pesar de que el sabor en la boca que deja la película es, en general, bastante dulce, “Charlie y la Fábrica de Chocolates” tiene algunos defectos serios. El mas notable es su ritmo narrativo. Lo que se cuenta es tan basto, y debe cubrir tantas “formalidades” (un número musical por cada expulsión, una expulsión por cada personaje, un cuarto distinto por cada expulsión, flashbacks para conocer el pasado y comprender el presente de Willy Wonka, etc.) que la cinta se hace poseedora, con esto, de un pulso demasiado irregular. La parte final, en la cual se resuelve la historia de Willy Wonka, principalmente, se siente más como un epílogo prescindible que como parte importante de la historia. Y no es que lo que se cuenta no tenga relevancia, sino que la fuerza de la narración parece desinflarse un poco una vez que los personajes abandonan la fábrica. Y hablando de Willy Wonka, a pesar de que considero que la interpretación de Depp es bastante afortunada, los flashbacks de su infancia se sienten también un poco forzados, a pesar de ser necesarios para comprender la dinámica padre-hijo del personaje principal y su progenitor, ya que esta dinámica, en cada personaje, es el motivo principal de la historia. Aún así, y aunque todo tenga su razón de ser, hay algo incómodo en esa estructura tan esquemática que tiene que seguir la cinta (es decir: nuevo cuarto – flashback- personaje se porta mal - personaje es expulsado de manera graciosa - número musical - cambio de cuarto – flashback - personaje se porta mal…). A pesar de esto, y en beneficio de Burton y su equipo, las risas de la audiencia nunca pierden su ritmo y presencia durante la proyección. Tampoco se ausenta, en ningún momento, el asombro. Lo que vemos en pantalla es realmente una explosión de color y de música, y es verdad que cuesta trabajo despegar los ojos de la pantalla.
Para ser honestos, “Charlie y la Fábrica de Chocolate” no está a la altura de lo mejor de Burton. Y no tiene porqué estarlo. Uno no puede esperar un “Ed Wood” cada “tantos” años. Sin embargo, sí se encuentra al tope de lo que se ha visto este verano, y definitivamente si satisface nuestra ansia por una nueva dosis de aquello que solo Burton sabe darnos. ¿Y que es eso? Siendo franco no creo poder definirlo mas allá de todo lo que he dicho hasta el momento. Pero de que “Charlie…” lo tiene, lo tiene. Algo que también tiene es tela de donde cortar. Al terminar la proyección, mi familia y yo no hacíamos más que comentar sobre la cinta. Sobre los padres y los hijos. Sobre los errores que se cometen. Pusimos nombres de niños y adultos conocidos a sus personajes. Y la conversación culminó con una reflexión de mi mamá (o auto-cuestionamiento, mas bien): ¿nos habría criado correctamente como madre? ¿Habría traído al mundo gente de bien? Después de pensarlo un minuto, y con cierta (y honesta) tranquilidad, dijo pensar que sí, a pesar de saber que en algunos momentos ha cometido errores. El hecho de que mi madre saliera de la sala con esa certeza, como una especie de regalo, me pareció algo muy bello. Que lo que acabábamos de ver motivara esa conversación es un buen cumplido para sus creadores. De hecho, creo que no se puede decir nada mejor sobre una “película para niños”.
En pocas palabras: Hilarante. Subversiva. Colorida, pero a la vez oscura. Imprescindible para los fans de Burton. Y para todos los demás no deja de ser una buena opción.
¿Te lo explico con estrellitas?:


1 Comments:
Hola, llegué a tu blog buscando info sobre Charlie y la fábrica de chocolates, buen review.
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