7.21.2011

estreno

THE TREE OF LIFE

Aún recuerdo vívidamente la tarde de Marzo del ’99 en la que fuí al cine a ver una película de la que había escuchado mucho pero en realidad sabía muy poco: ‘La Delgada Línea Roja’. Lo que más recuerdo fué el estado de hipnosis al que me sometió, mismo que se negaba a abandonarme incluso días después de haberla visto. Hasta ese momento no tenía idea de que el cine tuviera el poder de lograr tal cosa. Recuerdo, entre tanto, mi viaje de regreso a casa. La manera en la que todo parecía distinto, novedoso, de otro color. Y recuerdo, sobre todo, llegar a mi cuarto, acostarme boca arriba en mi cama y quedarme inmóvil por más tiempo del que se consideraría normal para un adolescente de 19 años (aún tratándose de mi clase particular de pasmoso e hipoactivo adolescente de 19 años). Corte a 10 años después: soy fan de Terrence Malick. Gusto en conocerlos.

Hablar de ‘The Tree of Life’ me resulta una hazaña difícil pero irresistible. Lo primero, considerando, sobre todo, que es imposible asimilarla con tan solo un par de revisiones. Lo segundo, porque semanas después de haberla visto por primera vez, aún no abandono aquel mencionado estado de hipnosis, que en éste caso podría bordear algo más parecido a la infatuación, suceso que, además de encontrar cada vez menos común a tantos años de ver cine de manera tan constante, le resta toda intención de imparcialidad a este texto. Pero heme aquí. Aún repasando sus imágenes en mi memoria, tan frecuente e inesperadamente. Aún ponderando las muchas inquietudes, apaciguando las muchas preguntas. Y sobre todo, aún sorprendiéndome ante su enorme belleza. Y me parece difícil hablar de éste filme, más que nada, porque corro el riesgo de convertir esto en una carta de amor descarada en lugar de un comentario. Y así será...

Para los no enterados, ‘The Tree of Life’ es el retrato impresionista, presumiblemente autobiográfico, contado con lujo de lirismo, de una familia -los O’Brien- en los suburbios de una provincia norteamericana durante los años 50’s. Podría -y solo podría- tratarse de un largo flashback a la niñez del hijo mayor de esa familia, Jack, interpretado en su adultez por Sean Penn. Y solo podría serlo porque no hay nada que nos indique de manera contundente que el marco narrativo al que tendríamos que sujetarnos es el ‘tiempo presente’ del ‘protagonista’, pues la narración salta de atrás hacia adelante, y de más atrás hacia más adelante, en direcciones verticales y horizontales, de la creación del universo a la era prehistórica, de la era contemporánea a los años 50’s, del pasado de la madre al presente del hijo mayor, del punto de vista de un personaje al de otro… Y así sucesivamente. Todo de manera aparentemente aleatoria. Ésta no solo es la historia de un puñado de personajes, sino también la de de todo lo demás. Primera regla dorada del cine ignorada. Y así, muchas otras (la estructura es prácticamente inexistente en términos formales, no hay tal cosa como actos ni climax, hay set-up’s sin pay-off’s y viceversa, ni siquiera puede hablarse de ‘escenas’ tanto como de ‘momentos’…). Éste es un filme que no juega bajo las reglas (aunque es y seguirá siendo juzgado en base a su falta de acato de las mismas).

‘The Tree of Life’ es una obra explícitamente espiritual, presumiblemente religiosa -no específica de ningún culto- sobre la relación del hombre con la divinidad, con la creación y la destrucción que se encuentran tan por encima y a la vez tan cerca de nosotros: las nebulosas espaciales de las que a veces olvidamos somos tan sólo la fracción de un ápice; los dinosaurios que alguna vez -como nosotros- caminaron por ésta misma tierra y la dominaron y -tal vez quizá también como nosotros- se extinguieron para dar lugar a un nuevo orden; la nobleza de la madre, la dureza del padre; el amor y competencia del hermano; el regalo de la vida y la siempre presente amenaza de la pérdida, la inexorabilidad de la tragedia. Éste es un filme para los que se fascinan ante las preguntas que nacen de los tan vastos y dicotómicos alcances, desde la esfera doméstica a la cósmica, de nuestro universo.

Queda claro desde los primeros minutos de la cinta que lo que Terrence Malick pretende con éste trabajo -siempre ha habido rastros de ésta ambición en su cine, mas no de manera tan declarada como en esta ocasión- es crear una experiencia más allá de las potencialidades del medio. ‘The Tree of Life’ está más cerca quizá de la música y la danza que del cine. Exige asimilarse menos con la razón que con los sentidos. Creo que pocas veces antes se ha podido relacionar la siguiente expresión al cine con tanta autoridad: es una meditación.

El estilo de Malick es tan inusual, sus recursos tan vastos y sus inspiraciones tan específicas, que es fácil caer en la confusión. Su puesta en escena asemeja muy poco al cine que tenemos asimilado hoy en día. Su cámara, siempre inquieta, siempre extremadamente cerca de sus actores, nunca se siente obligada a posarse frente a ellos mientras pronuncian diálogo -o mantenerse hasta que terminen- y prefiere voltear, a veces sin anuncio o razón aparente, a contemplar, por ejemplo, una cortina que baila con el viento. La edición de sonido por instantes deja en silencio a sus personajes para poner en primer plano la música -o incluso únicamente al sonido ambiental- mientras aquellos pronuncian palabras mudas. Siempre tenemos una ilusión precisa, más clara de lo normal, del espacio físico que rodea la narración, como una especie de visión virtual de 360 grados. Malick se antoja determinado a lograr con su particular lenguaje esa tridimensionalidad que tantos otros han querido encontrar con la ayuda de gadgets. Hablamos de un autor atípico que trabaja de manera intuitiva y apela menos a las capacidades intelectuales de su público y más al ‘consciente colectivo’, esa sabiduría y sensibilidad heredada y compartida que presumiblemente se ha transmitido de generación tras generación de manera inconsciente desde el inicio de la existencia de la humanidad (la influencia de Jung en su trabajo es notable).

Curiosamente, la gerente de la pequeña sala que hospedó la proyección a la que asistí, nos dio una pequeña introducción previa al comienzo de la misma diciéndonos: ‘It’s a wonderful film. Just turn off your brains and enjoy’. Una recomendación curiosa para una película de Terrence Malick, tan profundas y llenas de significados como suelen serlo. Cuando comencé a verla caí en cuenta de lo que quiso decir. ‘No intentes descifrarla, sólo vívela’. Ésta es una cinta que nos enfrenta a un contenido que se teje en base a las sensaciones particulares que en cada quien evoquen sus imágenes, sonidos y texturas y cuya construcción apenas empieza una vez terminada la proyección. La experiencia es y debe ser distinta para cada quién. El significado, tu significado, vendrá, inevitablemente, después.

Lo más refrescante, y probablemente lo más desconcertante de ‘The Tree of Life’, así como del cine de Malick en general -lo que le hace también acreedora a las críticas de círculos más tendientes a la sobriedad- es su verdadera y sincera bondad. Su falta de cinísmo. Su calidad anti-cool. Nada sabemos del director y sin embargo, lo conocemos incapaz de afrontar cualquiera de sus preguntas con frialdad, en oposición, por ejemplo, a un Haneke o un Kubrick. La filosofía, casi siempre la exploración racional y estructurada de las grandes preguntas, negada del romance que el desarrollo fragmentado y pragmático de la humanidad le ha desprovisto poco a poco, vuelve aquí a su estado idílico, infantil, entrañable. Es una filosofía que ya no exige una ceja arqueada. Exige, quizá, un enamoramiento con las hojas de los árboles o con los diminutos dedos del pie de un recién nacido. Parece decirnos que todas las grandes preguntas, e incluso tal vez sus respuestas, están ahí. El enfoque de Malick no es individual, como en casi toda clase de narrativa. Él no nos invita a encerrarnos en una caja ni nos persuade de compartir identificaciones con un personaje. El enfoque de Malick es holístico. No requiere de cajas. No exige instrucciones. Es un artefacto que se debe armar y cuyo producto final seguirá siendo amorfo. Y hermoso.

Si debo intentar que el presente texto asemeje por lo menos un poco a una crítica, debería decir tal vez que Brad Pitt brinda la que para el gusto de un servidor sea quizá la mejor actuación de su carrera. Podría decir también que Emmanuel Lubezki se muestra con éste trabajo en la cúspide de sus ya conocidos poderes. Que Hunter McCracken, Laramie Eppler y Tye Sheridan interpretan a unos de los conjuntos mas creíble de niños-de-verdad (y no niños-Hollywood) que se ha visto en el cine y que Jessica Chastain es toda una revelación en el personaje de una angelical y estoica madre, con tan solo una pizca de diálogo y una enorme presencia. Y si me obligaran a poner algún ‘pero’, admitiría que el tramo final de la cinta es mucho menos logrado y fascinante que el resto. Pero nada debe ser de ninguna forma en el cine de Terrence Malick, incluyendo nuestra infinita asociación de finales y puntos clímax. Siempre nos quedará una beneficiosa duda. Tal vez, dentro de algunos años, el final de ‘The Tree of Life’ sea lo que más me guste de ella. O tal vez no.

Debo admitir que me resulta agridulce que habiendo gozado tanto esta cinta no me sienta capaz de promoverla indiscriminadamente. No sé a quién puedo recomendarla. Pero creo tener una pista. Einstein alguna vez dijo: ‘Sólo hay dos maneras de vivir tu vida. Una es como si nada fuera un milagro. La otra es como si todo lo fuera’. ‘The Tree of Life’ es para los que creen en la segunda opción.

En pocas palabras: Fascinante, grandilocuente y sumamente hermosa. Una obra trascendental que será referenciada, mejor apreciada y, como toda obra maestra, beneficiada por el paso del tiempo. Una invitación, progresista y esperanzadora, para entender que todos somos todo.

¿Te lo explico con estrellitas?:

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